En la fría noche de diciembre,
donde la lluvia cubre el suelo,
mi alma se envuelve en un lamento,
un dolor que no tiene consuelo.
Un vacío inmenso en mi pecho,
un hueco que nada puede llenar,
la ausencia de mi padre, mi guía,
un dolor que no puedo olvidar.
Fui un mal hijo, lo sé,
no le di el amor que merecía,
no estuve a su lado cuando lo necesitaba,
y ahora solo me queda la agonía.
En ese octubre triste, mi mundo se derrumbó,
se fue mi padre, mi luz, mi guía,
y me quedé solo, perdido en la oscuridad,
con un corazón que no deja de sangrar.
Mis ojos se secaron de tanto llorar,
el consuelo se esfumó en el viento,
la navidad se ha convertido en un tormento,
un recordatorio de lo que he perdido, de lo que siento.
Mi alma se ha hecho pedazos,
como una planta en el desierto, seca y sin vida,
el dolor se acrecienta cada día,
un tormento que no tiene salida.
Padre mío, te pido perdón,
por no haber sido el hijo que querías,
por no haber estado a tu lado en tus últimos días,
por no haberte dado el amor que merecías.
En el cielo, te pido que me escuches,
que me perdones por mis errores,
que me ayudes a encontrar la paz,
a sanar este corazón que se desgarra en pedazos.
Te extraño, padre, con toda mi alma,
y este dolor no me abandonará,
hasta que nos volvamos a encontrar,
en ese lugar donde el amor no se marchitará.
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